jueves, 6 de mayo de 2010

Sin Sabanas Blancas


Había perdido mi virginidad. Sentada en el excusado veía el papel lleno de sangre, la cual no correspondía a mi periodo, me entraba por el mismo orificio, al parecer, unas ganas de llorar.


Había perdido mi virginidad. Y antes de comenzar con una lluvia de lágrimas estúpidas, me subí los calzones, luego los jeans, le jalé al baño y me lavé las manos.



Mi mamá tocó a la puerta, se preguntaba en su cabeza y ahora a mi – qué me hacía demorar tanto en el baño, por qué había llegado tan tarde a la casa y por qué no le había avisado – toda esa serie de preguntas obligadas por una madre. O a caso, era una madre que había olfateado el olor a sangre de su cría y sabía que en este momento yo estaba sufriendo y con esas interrogantes me demostraba su apoyo.


Me lavé la cara, me vi en el espejo, era yo. Era la misma pero con una expresión distinta, aquella, la mía, la que había dejado de ser virgen. Como si a la morena que celebran el 12 de diciembre se le hubiera apagado el aura que la rodea. En mi se había extinguido el brillo de mis ojos o no. No había pasado absolutamente nada y eso era exactamente lo que me molestaba.


Nuevamente mi mamá en la puerta. Sequé mi cara y algunas de las lágrimas que lograron escapar. Respiré y salí a mentirle. Todo está bien mamá, es solo que me sentí un poco mal y me dormí un rato en casa de Bárbara. Me levanté, me di cuenta de la hora y antes de marcarte decidí mejor llegar directamente a casa.


Mi madre no me creyó nada, pero jugó mi juego, vi que noto la falta de ese brillo en mis ojos, o no, simplemente vio que iba a ser un momento más en el que no me entendería, no tendríamos comunicación, la verdad era otro idioma, las mentiras lo más cercano al español, me dejó ir a mi cuarto sin más preguntas. Al día siguiente muy temprano, o ese mismo día en unas horas tendría ensayo de ballet, debía dormir un rato.


Caminé hacia mi cuarto y pensé que hubiera sido más fácil que en un ensayo, logrando una extensión, algún paso extraordinario, un estiramiento sobre la barra, yo hubiese perdido mi virginidad. Más fácil. Pero lo más fácil siempre se esconde para mostrarse después de que todo ya ha pasado.


Me di varias vueltas en la cama, me paré dos veces al baño para encontrarme nuevamente con algo parecido a mi imagen en el espejo, mi imagen reflejada en la oscuridad, ya que no acostumbro prender la luz cuando voy al baño en la madrugada. Y esa sombra me reprimía que hubiera depositado lo poco en nuestra cultura que me hacía respetable como mujer.


Regresé a mi cuarto, me acosté y con los ojos clavados en el techo que tantas veces he visto me llevó a pensar a lo que había pasado hace cinco horas. Revivirlo. Había perdido mi virginidad, y no había otra cosa en mi cabeza.


Estábamos en una fiesta de disfraces, mis amigas y yo nos organizamos para vestirnos todas igual. Iríamos de indias pieles rojas: falda corta, un pequeño top, trenzas largas, y plumas entre esas trenzas. Trazos de pintura roja en los pómulos. Todo aquel prototipo alejado de una verdadera piel roja. Varias de mis amigas siendo rubias. Éramos la versión Disney, la Pocahontas.


Al llegar a la fiesta, contrario a lo que debí haber hecho, fui a servirme algo de tomar, y me decidí por tomar agua loca, el solo hecho de no tener el nombre de un licor en específico hace válido que tenga cualquier cosa de “alcohol” y cualquier color. Mientras iba terminando de llenar mi vaso y le daba un pequeño para probarla. Tenía un buen sabor, dulce, no sabía a licor. Llegó un exnovio. El cual realmente fue segundo novio, durante la fiesta habría una lista por recorrer. Ese exnovio, me recordó en ese momento, a la primera vez que me tocaron los pechos, me los estrujó y jaló de una manera en que yo creí que eso era placentero. Lo saludé como si nunca me hubiera apretado mis pechos, y corrí, alejando rápidamente mis pechos de sus manos, y me empaqué una gelatina de no sé qué sabor con no sé cuál licor.


Bailé con una amiga piel roja, ambas nos movíamos parecido, ella me copiaba un paso, yo otro, nos posicionábamos de espalda y movíamos la cadera como si no nos importaba otra cosa más que bailar, la realidad era, que no nos importaba bailar, si no todo lo demás… Luego me tomó de la mano y me llevó por un vaso más de agua loca. Sabía tan dulce que yo la tomaba como si fuera esa bebida fría roja artificial de las piñatas recién mezclada en la jarra del Sr. Kool-Aid, creyendo que disimulaba mi sed mientras generaba una mayor sed pero de actitudes estúpidas.


Caminé por el jardín donde era la fiesta. Un jardín amplio el cual albergaba tanta gente como para olvidar que era un jardín, era más bien el hormiguero humano que se había apoderado del jardín. Mientras daba un paso y otro, saludaba con una gran sonrisa a personas que nunca me han importado, les preguntaba sobre su vida, la cual era exactamente igual a la mía y seguía mi camino.


Llegué con mi exnovio, el número dos, el cual realmente era el número cuatro o sea el más reciente, había terminado hace un mes. Lo saludé y me di cuenta que como siempre estaba marihuano. De hecho iba disfrazado de marihuano, camiseta verde holgada sin mangas, pantalones de manta anaranjados, pulseras de colores, sandalias, una tira en su cabeza, y los ojos rojos. Su disfraz era suficientemente real, como pintan a los marihuanos en las películas de Hollywood. Platicábamos, el me hablaba sobre unos cuadros que recién había pintado, se entretenía mucho en describir los colores o algo así, todo esto lo decía a mi oído, yo lo escuchaba de lejos, como si estuviera a 10 metros y tuviera que leer sus labios, mientras yo veía a la gente pasar: condones humanos, conejitas de playboy, policías, artistas del momento, payasos, hombres disco, novias, una zanahoria (humana), toda esta gente que explota su creatividad solo para una fiesta. Cuando termina mi exnovio con una invitación – deberías ir a ver mis cuadros – y yo sonrío – genero una pausa, y termino – claro, sí, luego nos ponemos de acuerdo. Ambos sabíamos que jamás iría. Volteé en busca de una de mis amigas pieles rojas y me dirigí con ella. El se quedó ahí viendo no sé qué cosas, riendo de no se qué.


Me aferré al brazo de mi amiga, quien abría espacio entre las personas para poder hacer el viaje obligado al baño. Me había depositado un vaso de agua loca en la mano, que realmente estaba haciendo el efecto que advertía. Haciendo la fila al excusado de mujeres, intenté explicarle a mi amiga lo incómoda y rara que me sentía encontrándome a cada paso a un exnovio distinto. Era lógico que por todos ellos yo sentía algo, y nada, era un sentimiento caduco, y por más que tratara de descifrarlo, el verlos me producía regresiones, indiferencia, odio y placer, al mismo tiempo. Mi amigo solo movió su cabeza en señal de aprobación, la realidad es que ella estaba con la mirada fija en su propio exnovio, el reciente, con el cual había terminado y regresado alrededor de siete veces, mis sentimientos y mis exnovios era un tema totalmente ajeno. Yo no hablaba de mi relación reciente, como la suya, yo no hablaba de uno solo, como ella, así que no podía familiarizarse con el problema. Toda mi confesión era el de una extraña. Por lo que rápidamente terminé mi vaso de “vete a la chingada pues” y me metí junto con ella al baño. Ella hacía pipi mientras yo me veía en el espejo. Mi cara comenzaba a tener esas pequeñas deformaciones debido al alcohol pero no eso no me detuvo, decidí ignorar mi aspecto, y evacuar mi vejiga para más ingerir más agua loca, esa mierda que me estaba convirtiendo. Ambas salimos al encuentro de un vaso más para cada quien, se nos cruzaron más pieles rojas, acompañadas de luchadores y bomberos, nos pasaron unas gelatinas del terror, y nos dieron un caballito del peor tequila posible. El objetivo se había convertido en ponerme verdaderamente estúpida, lo suficiente para no hacer consciente mi estupidez.


Y de pronto, frente a mi apareció el número uno. Mi primer novio, por lo tanto mi primer exnovio en mi vida. Vestido de policía. Con esa sonrisa ingenua, alegre, llenándome de recuerdos y de ilusiones nuevamente, como si tuviera 15 otra vez. Y en ese tiempo suspendido voltea a verme. Me saluda de lejos. Yo sonrío, como si lograra algo bueno con esa sonrisa. Nuestra miradas dibujan una línea recta, por esa línea poco a poco me acerco a él. Nos saludamos. En este momento ya no sé qué le dije. Ni por qué reí. No tengo idea de qué hablamos en esa hora que estuvimos ahí parados. Yo solo recordaba mi primer beso, el me lo dio, hace más de cuatro años. Lo fuerte que latía mi corazón cuando me pidió que fuera su novia. Lo fuerte que latía mi corazón cuando decidí terminarlo, para que cada quien tomara su camino, porque el se iba lejos, y porque yo, por ser mujer debía terminarlo. Llegó una de las pieles rojas a jalarme y llevarme con ella, tenía un problema que no entendía, recuerdo que le dije que no tomara una decisión, no sé realmente de lo que hablaba pero ese fue mi consejo. La verdad es que el consejo era para mi, pero no me había escuchado.


Mientras hablaba con mi amiga, se acercó mi exnovio el marihuano, empezó a decirme que estaba arrepentido por haber terminado conmigo, que me extrañaba, que le gustaría que le diera una segunda oportunidad, que deberíamos ir a platicar a otro lado, a dar una vuelta, sin tanta gente que esté interrumpiendo. Yo le dije que sí, que a mi también me había puesto muy triste el haber terminado, que deberíamos hablar con calma, que… Y en ese momento caminé hasta con mi primer novio y lo besé, lo besé largo y fuerte, como si no hubiera nadie alrededor, como si mi último novio no se hubiera quedado atrás de mi observando. Me di cuenta de lo que había hecho y me alejé de ambos, rápidamente caminé hasta algún rincón de ese jardín, en el camino, nuevamente, el vaso de agua loca en mi mano. Me aferraba a ella en mi necesidad de definir mis sentimientos.


En mi cabeza había albergado la idea de que mi primera vez sería con mi primer novio. No en el momento del noviazgo, ya que ambos consideramos que yo estaba muy chica. Pero sí en ese momento, años después, con el cuerpo caliente y la cabeza obsesionada. Había comenzado a llorar, sola en una esquina del jardín, entre dos olivos, me confundía la urgencia por terminar con esa situación. Sentía que mi relación no terminaría con el hasta no haber acabado con todas mis ilusiones por el. Dejé los olivos, aventé el vaso y me caminé hasta el.


Me vio totalmente perdida, desparramada y sufriendo. Me dijo – te voy a llevar a tu casa – y salimos de la fiesta. En ese momento llegó una de las pieles rojas, totalmente en desacuerdo con la idea de que yo me fuera. Y yo insistí que ya quería irme. Entonces ella decidió acompañarnos. En el camino yo no hablaba con alguno. Ellos platicaban. El insistía en llevarme solo. Ella insistía en acompañarlo. Yo les dije – Váyanse a la verga los dos – mi amiga molesta se dio la media vuelta y regresó a la fiesta. Yo seguí caminando sin saber cuál había sido su reacción. Llegamos hasta su carro.


En el camino, llegó a una tienda. Compraría condones. Y seguimos el camino, el cual comenzaba a ser muy largo, me quedé dormida. Me levantó para darme cuenta que habíamos llegado a un horrible motel. Donde nos recibió una mujer con una actitud y pinta peores a las mías, en algún momento yo reaccioné. No quería hacer esto. No quería entrar en uno de esos cuartos. Pero ya había comenzado con el juego. Ahora lo terminaría. En este momento odié mi constancia, la forma en que me aferro a las cosas hasta terminarlas, creyendo que así tendré satisfacción siempre, me comprobaría que no siempre es necesario llevar las cosas hasta el final.


Entramos al cuarto, y en mi necesidad de no ver el lugar, de no obtener imágenes de las situaciones que se habrían generado ahí antes de mi, de nosotros, besé a mi exnovio. Recordé por un segundo esos antiguos besos. El sabor y el olor. La forma de su boca y como se mueve. Sus manos acariciándome. Me transporte a mi yo de 15 años. A mi burbuja de sentimientos. A mis ilusiones de amor. Seguimos el acto como si para mi no fuera la primera vez. El no lo sabía. Besos, abrazos, caricias, recuerdos, ideas, descubrimientos. Todo en un momento. Minutos pasaron y pronto ya estaba casi adentro de mi. Y en el momento. Vi sus ojos, nuestras miradas nuevamente entrelazadas, y con esa mirada le supliqué que no, pero con la cabeza le dije que sí. Me dolió horrible. Como si de pronto alguien hubiese prendido la luz y alumbrara el momento y el lugar en el que estaba. Ya no tenía 15 años. Ya no lo amaba, ni él a mi. Todo era una imagen de lo que fue. Y una obsesión por una idea. Me dolía. Me tiraba las entrañas, las revolvía. Me partía. Jamás volvería a ser virgen. Jamás volvería a quererlo como lo quise, ni a él ni a nadie. Tantos otros había pasado y yo tratando de recuperar con ellos lo que alguna vez sentí por el. Y no lo había logrado. El siguió y siguió. En algún momento me concentré por no quejarme más, por simplemente aguantar. Mi cara la escondí entre su cara y su hombro, no deseaba que viera mi expresión. Ansiaba terminar. Tenía que ser constante una vez más. Esto no es lo que quería. Ya por favor termina de una buena vez. Y terminó. Estuvimos tres minutos, uno acostado del lado del otro, viendo el techo sin verlo, pensando en las ganas que tenía de dejar de pensar. Quería ir al baño. Quería estar en mi casa. No debí ahuyentar a mi amiga. No debí tomar el agua loca. Mi último novio parecía más sensato en sus palabras. No debí tomarme el caballito, ni las gelatinas. Mi cabeza me dolía. Me quedé dormida.


Me levantó el sonido de afuera. Era muy temprano y yo estaba completamente desnuda. El dormía profundamente. Y así, tranquilo, respirando, con los ojos cerrados casi lo volví a querer. Me paré de la cama sin hacer un movimiento brusco o algún ruido. Busqué penoso atuendo que me hacía sentir más como una prostituta cumpliendo los caprichos del cliente que como una adolescente en fiesta de disfraces. Me quedé sentada viendo a la nada. Viendo a esa televisión que ha de tener años fuera del mercado. Pensando en que ya debería llegar a mi casa. Debería avisarle a mi mamá que voy a llegar tarde. Debí haber evitado este encuentro fortuito.


Ahí sentada, recordé lo que nunca sucedió ni sucedería. Tantas veces había pensado sobre ese momento. Tener relaciones por primera vez. Pero a los 16 años y también años después yo le llamaba, hacer el amor. Ese día le llamé coger, como más tarde le llamaría y por los años que le siguen. No hice el amor, como quería, no había sábanas blancas y limpias, velas, y una cama grande, no entraba la luz de la luna tan fuerte como para darme cuenta de que él me veía. Yo no estaba vestida linda. Y sobre todo, al final, no platicamos por horas, no hicimos planes de nada. Ni si quiera nos volvimos a dar un solo beso.


Mi primer novio se levantó, me vio ahí sentada viendo a la nada. Rápidamente se vistió y se acercó conmigo para indicarme que era momento de irnos. Fue al baño y regresó para salir de ese horrible lugar.


En el carro me costaba mucho trabajo ser normal. No tenía ganas de hablar. Tampoco de verlo. Estaba dispuesta a bajarme en ese preciso momento y caminar hasta mi casa. El decía cualquier estupidez. Hablaba sobre una película y como pronto se mudaría a la ciudad de México. Yo lo escuchaba de lejos, leía sus labios. Tenía ganas de pegarle. O mejor aún, de nunca volverlo a ver. Lo odiaba por haber contribuido a una terrible imagen de mi primera vez, y me odiaba aún más a mi.


Nuevamente en mi cama, el día iba comenzando y yo terminando de recordar todo aquello que había acontecido. Había perdido mi virginidad pero también había perdido esas primeras ganas de amar. Cerré los ojos para disimular el sueño, mi mamá entró a despertarme.




L.Dulce

viernes, 30 de abril de 2010

"PEDACITOS DE MI CORAZÓN OSCURO"



¡Ven! Acércate a mí para que sientas como hundo mis dedos en tus ojos,

así se mezclaran tus gritos de dolor con los míos que serán de gozo.



i s r a



martes, 13 de abril de 2010

(...)

Me desperté en medio de la noche, con el sonido profundo de la marea contra la arena. El mar ha estado enojado, agitado, salvaje. Abrí los ojos del susto y me aseguré que nadie más hubiese despertado.


De noche la playa guarda un enigma en el olor y el sonido, por lo menos para los menos acostumbrados.


Sólo pude respirar el calor del mar que entraba de las ventilas y el viento sofocante que hacía sudar mi cuerpo entero.


Me quité la sábana de encima en una acción desesperada por refrescarme. Entre sueños, oleaje y sudor pude recordar tus muslos entre los míos en el ejercicio matutino de nuestro ser más primitivo. Recordé y recorrí cada detalle de ese momento que me pareció lejano.


Recordé el temblor de mis vibraciones contra tu pecho, la exaltación de pensarte de esta manera y sin estar contigo. Mis ganas frenéticas de ser tocada y la clara invitación que te hacían mis senos. Fue entonces que noté lo lejano de aquel momento y me devolví a las sombras en movimiento, a los sonidos apagados del placer de sentirte con la mente.


Regresé entonces a esa mañana donde yo todavía dormía –en este mismo sitio- y metiste los dedos debajo de la sábana y yo apenas podía sentirte. Mis ojos aún cerrados, mis oídos aún dormidos dejaban recorrer la sábana sobre mi piel. Acariciabas mi cuello con tu lengua y besabas mis hombros como sin quererme despertar. Guardabas tus dedos entre mis piernas, encontrando afrodisíacos naturales expuestos para ti. Acomodabas mi cuerpo lentamente con la delicadeza de humedecerlo por completo, de sentirlo exhibido para no tenerlo que buscar.


El éxtasis aún no superaba mi sueño, aunque el sol ya comenzaba a levantarse. Jugabas con mi cuerpo dormido dibujando figuras de un lado a otro. Tus manos recorrían más que la intimidad, tu lengua humedecía más que la piel expuesta y mis manos iban reconociendo poco a poco tu figura que clareaba de vez en cuando. Iba despertando lentamente tomándote dentro de mí. Como jugando a coger durmiendo. Tus palabras incompletas, tus gritos ahogados y tu respiración derretían mi alma en la cama. Tu dorso era agua. Tus caderas eran oleaje. Me adentré en ese primer beso matutino y me apresuré a poner mi mano contra la cabecera desahogando el aire contenido. Las palabras inconclusas nos acercaron al fin. Mi cuerpo había despedido al sueño para emprender el cataclismo. Cabalgábamos nuestros cuerpos sin tener que enfrentar el descubierto de la luz. Sin la necesidad de encontrarnos desnudos frente al otro.


Aún guardábamos la mañana: el mal aliento, las líneas de la sábana, la erección contenida y el deseo desnudo.


Pensé que en esta cama no habías sido el único, pensé en no hacer ruido, pensé en los orgasmos obligados, los recuerdos imborrables y en esta –nuestra- despedida de amor. Recordé la cara de tu novia y la vez que la engañamos. Sabía que la querías pero que nunca me dejarías. Ya había pasado con las otras y siempre preferí el papel de la amante. Mucho más interesante.


Por fin salió el sol. La luz brillaba en el cuarto, tu cuerpo se erizó, el último gemido aseguró tu éxito. Sí me gustó. Me besaste y luego susurraste muy quedito Buenos días.


Te levantaste de la cama, tomaste tu boleto y cogiste tu maleta. Quedaba una hora para tu vuelo y yo seguía de costado en la cama. Pensé que volverías, pero esta madrugada caliente y estrujada me devuelven tu ausencia y el recuerdo que metí en tu cartera.



Jimena.

sábado, 6 de junio de 2009

Ateo o la tarde/noche

La muy puta me dejó por que no creía en dios. Todas las tardes esperábamos a que dieran las cuatro para que su mamá se fuera lejos a trabajar y nosotros nos perdíamos bajo las sábanas. Jugueteaba en la humedad de su sexo mientras chupaba con fuerza de uno de sus pezones y ella sonreía con esos labios de besos calidos y me hacia suyo con sus manos femeninas y entonces todo estaba bien. Ella era un sueño materializado entre mis brazos y la desnudez de nuestros cuerpos calentaba nuestros corazones para bombear la sangre más tibia. Se la metía despacio por que así lo pedía pero sus caderas decían otra cosa y ella gemía quedito, como con pena. Esos fueron los mejores días de mi vida.

Si todo terminó fue por un malentendido. Le conté que no creía en dios y ella le contó a su mamá y ella dio la orden de que me dejara y la muy puta le hizo caso. Yo había intentado explicarle pero no me supo entender. “Eres un malagradecido”, fue lo único que dijo y después me corrió de su cama para caminar herido hasta mi casa. Derrotado.

Intente explicarle lo del accidente. De cuando era bebé y venia con mi mamá en un vuelo del D.F. El avión se desplomó dejando veintiséis cadáveres humeantes sobre la pista de aterrizaje. Mi mamá y yo fuimos de los pocos sobrevivientes. La noticia salió en todos los noticiaron, la foto del avión en llamas en todos los periódicos. Sí dios existiera… sí Dios existe, él me había elegido sobre las otras personas y eso no podía aceptarlo. No había nada de especial en mi que me sacaba los mocos con el dedo índice y me encerraba en el baño para masturbarme antes de dormir y que escuchaba a la Polla Records cuando no tenia la patineta rota.

Dios no existe pero ella me dejó por miedo. Ella y su mamá no podían soportar la posibilidad de que quizás no hubiera nadie escuchando sus rezos y a esas ideas había que mantenerlas lejos.
Su decisión era una punzada en el estomago. No comía, no salía, no entraba al Internet. Me la pasaba acostado viendo el techo y pensando en su espalda, en sus nalgas perfectas, en sus senos contra mi pecho y en su pelo largo tapándole la cara mientras gemía quedito, como con pena. Y todo eso me dolía pero no iba a rogarle.

No hacía otra cosa más que ir a la prepa y al fútbol. A los pocos días, entre la quinta vuelta a la cancha y la práctica de tiros de esquina, Juan vino y me dijo que los había visto paseando por el malecón, agarrados de la mano. Ese día no metí ni un gol.

Todo había perdido su gracia. Me desperté cansado y pase la mañana en silencio, sentado hasta atrás del salón. Lo que siguió no fue un plan sino un impulso. Esperé con ansias después de la comida a que a mis papás se fueran a dar sus clases de la tarde en la universidad y salí por atrás de la casa. Tome los dos peseros que me llevaban hasta el otro lado de la ciudad, donde ella vivía y camine de prisa las cuatro cuadras que faltaban. Al llegar mire que no hubiera ningún vecino chismeando antes de saltarme la barda. Le di la vuelta a al casa, avancé agazapado, hasta llegar a la ventana de su cuarto. Me asomé con cuidado pero no veía nada, las persianas estaban cerradas. Recordé la puerta de atrás, nunca le ponían seguro. Entré por la cocina y cruce el pasillo hasta su cuarto. Su puerta estaba entre abierta. Me quedé parado en el umbral. Ella estaba debajo, con las piernas sobre sus hombros, gimiendo quedito, los rostro sudorosos y el arma en mi mano.



Por Alejandro Aguirre.

jueves, 30 de abril de 2009

Despertando Obviamente

Abrí mis ojos y sentí frió, voltee la mirada del techo para ver mi ventana toda abierta, y pues, me levanté a cerrarla. Quedé envuelta en mis suaves y frescas sábanas otra vez, experimenté el clima termo de mis piernas, de mis brazos, de mi espalda, desnuda toda yo. Para cuando escuché la melodía del despertador ya eran las siete con veintiuno… trabajo, sí…; me destapé con cuidado, sin hacer el menor ruido. Cuando estaba ya con los dos pies sobre el frió, muy frió piso, miré al espejo, miré mi rostro, frente a mí, una como yo, igual de castaña, igual de despojada. Mi cabello estaba algo amontonado debido al baño que había tomado la noche anterior, me gusta mi cabello.


Le sonreí ampliamente al espejo y giré la mirada al guardarropa, escogí el vestido rosado que se ajusta tan bien a mi cintura, lo arrojé sobre la cama y busqué un sujetador con su conjunto, mi preferido, color humo y encaje suave; cuando deslicé el vestido de seda sentí su suavidad en mi esbelto cuerpo. Escogí las sandalias rojas y mi atuendo quedó excelente; ordené mis escarolas sólo con un prendedor y así previne que el viento jugueteara con mi cabellera. Y una vez más, voltee al espejo y sonreí, parecía como una rosa, frágil y suave.


Mis mejillas sintieron los toques del pincel coloreándolas cual melocotón; el cepillo peinando las pestañas fue el último toque.


Decidí bajar a la cocina y preparar un té verde, revisar que todo lo necesario estuviera en mi bolsa y tomar un durazno; al ir caminando a la salida, mi mano derecha sentía la suave piel de la fruta, misma suavidad que me recordó lo indispensable, lo exquisito… Escuché a lo lejos que la bolsa cayó sobre la mesa redonda de cristal, yo subí las escaleras con una extrema rapidez y abrí la puerta de la habitación de golpe, respiré, viendo el bulto perfecto en la cama, permitiendo sólo ver un cachito de piel; me monté sobre el bulto, cálido y sereno… tú me dijiste algo en el oído e hiciste que la sangre subiera a mis mejillas. Ése día no fui a trabajar, obviamente.



By.Ana

lunes, 13 de abril de 2009

En la esquina de la Pasión

El camión estaba repleto de estudiantes, todos gritaban sin cesar, Carlos había sido invitado por Jessica para participar en la Caravana,

 

- Verás que serás parte de la historia dijo ella-  Al día siguiente se firmaban los famosos Acuerdos de San Andrés.

 

Llegamos la tarde del 15 de febrero de 1996 a San Andrés Sacamchen de los Pobres, medios de comunicación, personajes públicos y de todo tipo llegaron ahí. Estaba plagado de gente, aguardábamos nuestro descenso cuando de pronto alguien llegó al camión,

 

- ya pueden bajar dijo.  En automático me acerqué por inercia al lugar donde el chaparrín zapatista hablaba con nuestro coordinador, al segundo ya era yo parte de la conversación, y tomaba decisiones con Roldán. Jessica se acercó a la plática, ella me miraba con admiración y seducción, yo sólo me dejaba llevar por mi terrible instinto de liderazgo.

 

Pasamos a comer a un changarrito con toldos de nylon, comimos frijolito y tortilla, y nos mandaron a hacer relevos a los cinturones de paz, serían las 8:40 de la noche, cuando dos de los compañeros nos pidieron que hiciéramos guardia en el camión para que no se fuera a perder algo. Así que Jessica  y yo caminamos hasta el bus. De pronto nos sentamos en el poste de una esquina obscura de la plaza central de San Andrés, la plaza estaba toda llena de toldos plásticos de todos colores y tamaños, lo que conformaba un típico tianguis mexicano, en él se vendían desde pilas, hasta bordados tzotziles. De noche este tianguis tenía mala iluminación, en partes con foco y en otras con veladoras y nosotros estábamos en la parte más profundamente obscura de toda la plaza.  Cuando menos nos dimos cuenta eran las 3 de la mañana, ambos platicábamos con deseos de devorar los pensamientos del otro. En ese momento llegó Roldán:

 

- Dicen los comanches que si vamos a una junta que tendrán sobre seguridad. - Su tono de poder  y arrogancia, señalaban que Jessica diría que sí.

- No lo creo, - respondió Jessica, - nos han dejado encargado vigilar el camión y no podemos movernos de aquí, además traemos a Carlos, que yo la verdad, aún no confió en él como p´a dejarle esta misión -.  Mientras me miraba sus labios se mordían con ganas de besarme, sus ojos picaros me miraban con complicidad, yo sólo mire esa conversación sin hablar. Pero pude constatar que Roldán se sentía como león herido, derrotado, sus ojos denotaban que sabía la batalla perdida, su intuición le decía que había perdido el corazón de Jessica, más aún que este latía salvajemente por otro hombre, a quien tenía enfrente. Roldán se retiró con la cabeza baja, triste, aún metros después volteó a verme con mirada fulminante, yo intuí su pensamiento.

 

 - Sabes creo que tu y yo nos conocimos en otra vida. – dijo Jessica

- No lo se, puede ser, - dije yo con arrogancia.

- Es más estoy segura que tu y yo nos hemos conocido en varias vidas, - respondió ella.

 

Ahora si le creí, por sus ojos pude ver varias generaciones, pude recordar tiempos pasados, me remití históricamente a otros tiempos, no se cómo pero lo había logrado. De pronto se puso música en mis oídos, pude comprobar como nuestros cuerpos irradiaban luz, pero una luz que sólo nosotros podíamos percibir, que no ver. En ese momento el rostro de Jessica era perceptible para mí, su mirada era toda luz, sus ojos miel me penetraban profundamente.

 

De pronto y sin pensarlo, siquiera meditarlo, siquiera incitarlo, nuestros cuerpos se acercaron y se besaron incesantemente, sonidos de guitarra pasaban a mí alrededor.  Todo mi alrededor quedó perdido, olvidado, sentí como subía a lo alto de un cerro pelón, donde sólo estaban Jessica, la noche, la luna, el sonido de un huapango, y el olor a copal. Todo y todos absolutamente habían desaparecido, el ajetreo de los indígenas trayendo y llevando mercancías, cubetas, y leña desaparecieron. Sentí como si la música de mi alma se hubiera encendido, y me diera cuerdas de guitarra y violonchelo.

 

- ¿Metámonos al camión no?, hace mucho frío. – Dijo ella.


Por el Brujo Negro 

lunes, 6 de abril de 2009

Detalles

Afirmamos con debilidad lo que para nosotros es más fácil o es menos complicado, buscar amor, buscar placer, buscar cualquier tipo de satisfacción a raíz del contacto con otro ser humano,  es más fácil no saber que es eso que otros buscan, que parece cuento y que nos hace sufrir, llorar y reír de manera constante.


Una cosa es segura, lo que uno busca, encuentra, y eso es en parte por que uno ve lo que quiere ver, unos siente lo que quiere sentir, la otra persona queda como elemento partícipe de nuestras sensaciones, cómplice, un individuo que hace exactamente lo que nosotros hacemos, encuentra a partir de nosotros, formas de ser feliz, aunque esto varia en frecuencia, duración y grado.


Otra cosa es caer en el juego, cuando uno se enamora, o cree estar enamorado. La vida se llena de circunstancias que parecen fortalecer o debilitar lo que uno siente, lo que ha logrado conseguir después de mucho o poco esfuerzo, enamorarse. Descubrir que algo no es lo que creíamos, es fácil, aceptarlo es muy distinto.


Existe una sensación, probablemente no a todos les ha tocado, cuando pareciera que una persona, la persona, invade el espacio físico, mental y emocional que antes ocupaban una diversidad de ideas, conjeturas y maldiciones que uno puede llegar a cabildear hacia la vida. Algo en nosotros cambia, y es eso lo que a mi parecer hace tan atractiva esa interrupción en nuestro diario vivir. También es la razón por la cual dicha sensación no es igual para todos, hay quienes prefieren no interrumpir ni ser interrumpidos.


Decir que amar es tan fácil como dejarse llevar es falso, pero tiene algo de sentido si pensamos que dejarnos llevar en el otro nos hará sentir una y otra vez que vamos avanzando hacia algo mejor, de nuevo, todo depende de lo que uno quiere sentir.


Amor, como palabra, es mucho mas romántico que cualquier otro sentido que se le ha dado, como noción, un sentimiento ambiguo, pues amor siempre va acompañado de odio. Incalculable, pues cada uno tiene su propia manera de medirlo, y lo que es aún más complicado, hay quienes miden con la regla de otro y van avanzando sin saber realmente que tanto han retrocedido o si alguna vez llegarán a un punto muerto.


Confundir al amor es común, y válido, pues cuando no sabemos que queremos, podemos comenzar por descubrir, aunque nos pese, que es lo que definitivamente no queremos.


Si lo vemos de manera gradual, querer un beso, no es más sencillo que salir a  la calle y buscarlo; si queremos sexo, no es más fácil que salir a la calle y buscarlo; si queremos pasión, basta con salir a la calle y buscar a un conocido, aquél que en repetidas ocasiones dirige sus miradas libidinosas hacia ti sin llegar a más. Querer amor, no es recomendable, no funciona así, amor nos llega, a veces disfrazado, otras sincero y si tenemos suerte, se convierte en parte de nosotros, sin darnos cuenta a veces, y es así que día con día caminamos, pareciera que sin rumbo, y nos damos cuenta de que hay alguien caminando hacia el mismo lado, danzantes sin mucha sincronía puesto que a veces uno va más rápido que el otro, hasta llegar a un punto en que coinciden, todo se detiene, por un rato se vuelve más lento, más sencillo, más rico.


Amor no es en sí amar, amor es algo ajeno a todos hasta que él, por si mismo, nos golpea, nos da un zape, o nos acaricia la espalda llamando nuestra atención; queda en nosotros estar lo suficientemente despiertos para notarlo.

 

 

P.